Las herramientas del amo nunca desarmarán su casa[1]

Por Rocío Melonaro

En las últimas semanas, dos eventos públicos organizados por y para mujeres en diferentes partes del mundo fueron polemizados y criticados por su carácter, si se quiere, segregacionista. Lo que lleva a analizar, por un lado, si el feminismo actual, aquél que se define múltiple y diverso, sabe convivir con la diferencia y, por el otro, si esa misma pluralidad comparte algo más que combatir al patriarcado.

Uno fue el estreno de la película norteamericana Wonder Woman, el cual incentivó a una cadena de cines en Estados Unidos a programar proyecciones sólo para mujeres (espectadoras, cajeras y acomodadoras) y destinar las ganancias a la organización Planned Parenthood -que ofrece asistencia, información e intervenciones para la prevención e interrupción de embarazos en el país-. Y el otro, Nyansapo, el primer festival afrofeminista que se realizará en París en julio de este año, que propuso algunos talleres no mixtos, es decir, exclusivos para mujeres negras.

Las dos propuestas recibieron, sin sorpresa, fuertes críticas de los sectores más conservadores, pero también generaron un fuerte debate dentro del feminismo. El festival, incluso, corrió el riesgo de ser cancelado. Y si bien se trata de casos de muy diferente naturaleza –uno es un espectáculo masivo y el otro, un festival que busca concientizar y empoderar- ambos casos evidencian cierta crisis en la práctica de la identificación de las diferencias del propio feminismo. Y si no fuera una de las características identitarias por las cuales el movimiento se entiende hoy como uno de los más grandes mundialmente, quizás no sería material de debate.

Es cierto que en un ejemplo se propone excluir a los hombres y en el otro a las mujeres no negras, lo cual, dentro del movimiento, es sustancialmente diferente. Pero si el feminismo toma la teoría de la interseccionalidad y acuña todas las matrices de dominación y discriminación que sufren las mujeres – como la orientación sexual, clase, etnia, origen, identidad y/o religión, entre otras- lo cierto es que muchos colectivos de mujeres quedan de un lado y otro del sistema de dominación. La mujer blanca heterosexual cuenta con cierto tipo de privilegios con los que no cuentan otras colectividades, como las trans, negras o lesbianas.

Resurge así la persistencia de aquella tensión expuesta en los orígenes –académicos- del feminismo: el dilema de Wollstonecraft, el cual, resumido, consiste en “la demanda de igualdad y de reconocimiento de la diferencia[2]. Aquel complejo nudo semántico que se refería, además, al origen ilustrado del pensamiento feminista, era entendido por Wollstonecraft como inherente al mismo. Esa complejidad atada al movimiento lo acompañó en los diversos cambios reivindicativos que se leyeron como procesos históricos y que fueron finalmente catalogados como Primera, Segunda y Tercera Ola del feminismo pero que, también, podrían leerse como un espiral dialéctico que gira en torno a esta tensión.

El proceso ideológico del feminismo se puede analizar así como una caja rusa: en el reclamo social de ser aceptadas como diferentes del modelo hegemónico de ser humano –hombre blanco-, las mujeres se propusieron como iguales. Surgió así, en ese proceso de autodefinición, un modelo hegemónico de mujer dentro del mismo feminismo –blanca occidental-. Se puede entender entonces cada ola del feminismo como un nuevo intento de definición de sí que interpela su identificación anterior: cambiar el paradigma normativo para ya no representar la diferencia, sino entenderse como diferentemente iguales. No incluir a la otredad, sino entenderse como tal: compleja pluralidad.

Pero, ¿cómo se practica un movimiento igualmente diferente? ¿qué hace a la diferencia para que sea igualdad? ¿cómo se evitan los patrones de referencia? Desde la exclusión de los hombres de algunas reuniones, actividades o marchas feministas –quizás la segregación más aceptada dentro del feminismo-, al colectivo que no acepta que mujeres trans militen desde el movimiento, o hasta las feministas abolicionistas que se rehusaban hace unas semanas a marchar junto a las filas de las trabajadoras sexuales en la manifestación del Ni Una Menos en Argentina, el viejo termómetro purista socaba muchas veces las pretensiones pluralistas de diversidad.

El reconocimiento de la diferencia, propio de la construcción feminista de la tercera ola, entendido ya no como diferencia del hombre blanco, sino de la multiplicidad de realidades e identificaciones que hacen a una persona ser mujer, esconde, en su exacerbación, el peligro de la discriminación. Saberse diferente es ver reflejados en unx y otrx patrones culturales y sociales diversos pero también significa, en la mayoría de los casos, ver la diferencia en lxs otrxs. Sólo de la mano de la igualdad se puede construir positivamente desde la diferencia pero, en la práctica, el reconocimiento de la multiplicidad naturaliza, muchas veces, patrones normativos a los cuales la otredad se acerca o aleja.

“En un sistema de dominación desigual el orden de los factores sí altera el resultado”

Así surgen la norma y la otredad, el patrón y su diferencia. La crítica a los talleres no mixtos propuestos desde el festival Nyansapo argumentó que qué pasaría si se propusieran eventos públicos con actividades no mixtas para personas blancas. La crítica a las funciones de cine exclusivas para mujeres preguntó qué respuesta habría a funciones exclusivas para hombres. En un sistema de dominación desigual el orden de los factores sí altera el resultado. Al ser una resta, no se puede alterar el orden de los factores si se pretende un mismo resultado.

No hay racismo ni discriminación si las minorías, las comunidades marginadas, buscan revertirse a través de la unión y la diferenciación. La subjetividad de un colectivo como el de mujeres negras en Europa que, por primera vez, organiza un festival de afrofeminismo no niega otras realidades al proponer cursos no mixtos; busca enmarcar, en cambio, una vivencia particular de un sistema de dominación en el que ocupan un rol impermutable. Si las entradas agotadas a las funciones de Wonder Woman sólo para mujeres impulsan una nueva campaña de recaudación, no se trata de sexismo, sino de una práctica casi benjaminiana de un espectáculo nuevo que convoca en su género, por primera vez a toda una generación, el protagonismo femenino.

En 1979, Audre Lorde, reconocida lesbiana feminista negra, decía: “Sin comunidad, no hay liberación (…) Pero comunidad no debe de significar el despojo de nuestras diferencias, ni el pretexto patético de que las diferencias no existen”[3]. En la conferencia, Lorde criticó la poca participación de mujeres no blancas heterosexuales, pero no reclamó mayor intervención de aquellas en la discusión académica feminista, sino que aclaró que, si no participaba la comunidad toda, no existía tal feminismo.

Se formula, así, la idea de una comunidad que no tenga como modelo un sujeto único y, en consecuencia, se formula también un criterio de identidad como proceso múltiple que conforma una subjetividad compleja e, incluso, contradictoria[4]. Así, aquel movimiento que se considere feminista y excluya, en sus bases, a determinadas identidades o subjetividades, no será, por definición, feminista.

“Explorar los límites de lo diferente no es necesariamente discriminatorio. Sí lo es pretender establecer patrones normativos a través del discurso”

Por lo tanto, al ser procesos en sí mismas, diversas identidades requieren de diferentes niveles de exacerbación. Explorar los límites de lo diferente no es necesariamente discriminatorio. Sí lo es pretender establecer patrones normativos a través del discurso; argumentar una línea teórica central con sendas diversificaciones; establecer límites semánticos para excluir realidades.

El problema quizás sea que, para evitar la tensión propia de la contradicción semántica diferente/igual, los discursos terminan anulando alguno de los dos factores. Ya no es un problema de orden, sino de que ya algo/alguien no entra en la ecuación. No existen sólo mujeres, existen mujeres migrantes, musulmanas, lesbianas, afrodescendientes, pobres, blancas, católicas, latinas, trans, madres, trabajadoras, discapacitadas, cis género y/u otras incontables diversas identidades que las hacen ser mujeres.

¿Cómo es, en la práctica, una identidad en tensión? ¿Cómo es un feminismo que es radical, marxista, abolicionista, liberal, reglamentarista, afro y queer?

Como definición, todo feminismo que no lxs incluya, no será feminismo. Como práctica, todavía es un desafío. Porque inmersxs en un sistema desigual, muchas de esas identidades expresan, implican y refuerzan serias desigualdades. La práctica política –aquello fuera de los planteos académicos, de los medios y redes sociales- evidencia, muchas veces, la contradicción inmanente al movimiento. ¿Cómo acompañar acciones contrapuestas, contradictorias? ¿Cómo es, en la práctica, una identidad en tensión? ¿Cómo es un feminismo que es radical, marxista, abolicionista, liberal, reglamentarista, afro y queer?.

Es el nuevo feminismo: la unidad misma. El conflicto de origen acerca de la falta de representatividad de la diferencia, no fue solucionado en tanto la diferencia no es representada: la diferencia es hoy parte constitutiva del feminismo. Así, ante la premisa femenina antifeminista del “no me representan”, la respuesta es una: el feminismo no representa a nadie; no hay, en el feminismo, lugar para la representación. El feminismo es en cadx unx de lxs feministas.

 

[1] Paráfrasis del texto de Lorde, Audre. 1979. “Las herramientas del amo nunca desarmarán la casa del amo”.

[2] Ciriza, Alejandra.2002. “Pasado y presente. El dilema Wollstonecraft como herencia teórica y política”. En: Atilio Borón y Alvaro De Vita (comps.) Teoría y Filosofía Política. La Recuperación de los Clásicos en el Debate Latinoamericano. CLACSO-USPI, Buenos Aires.

[3] Lorde, Audre. 1979. “Las herramientas del amo nunca desarmarán al amo”.

[4] López Gil, Silvia. 2011. “Nuevos Feminismos: sentidos comunes en la dispersión. Una historia de trayectorias y rupturas en el Estado español”. Introducción. Mutaciones. Ed: Traficantes de sueños. Madrid.

 

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